Cuenta, en clave de humor, la devastación y alienación que produce el urbanismo salvaje.
Candidata al Oscar al mejor cortometraje de animación
Una pareja de humanos aprende, al mejor estilo zen, cómo utilizar las fuerzas destructivas de la Naturaleza, representadas en los demonios de la Lluvia, el Fuego y el Viento, para su propio beneficio. Una lucha entre la Creatividad del Hombre plasmada en la Máquina y la Naturaleza.
“¿Qué significa para mí ser una artista independiente? Significa libertad. No puedo concebir ninguna otra forma de ser”. Faith Elliott-Hubley.
Los cortometrajes y largometrajes realizados por la pareja JOHN HUBLEY y FAITH ELLIOTT son hoy día considerados como de los más innovadores que dio el mundo de la animación cinematográfica después de la 2ª Guerra Mundial.
John Hubley (1914-1977) entró a trabajar en los estudios Disney en 1935 como creador de fondos, participando en títulos tan imprescindibles de la casa como Blancanieves, Pinocho, Dumbo, Bambi o el episodio de “La Consagración de la Primavera” de Fantasía.
Durante la famosa huelga de animadores de 1941 dejó la compañía y pronto encontró trabajo como director en la productora Screen Gems. Pero esto sólo sería un pequeño escalón hacia su gran sueño: tener su propio estudio, algo que ocurrió en 1944 al crear los estudios United Productions of America, más conocidos como UPA. Muy pronto los estudios UPA se hicieron un hueco en la industria gracias a sus famosos trabajos de animación, caracterizados por unos diseños altamente estilizados. En 1949 Hubley creo uno de los personajes estrella del estudio “Mr. Magoo” –según contaba, inspirado en su propio tío- y al que el actor Jim Backus presto durante años su singular voz. Pero en 1952 durante el periodo de “la caza de brujas”, y debido a las presiones que recibió por parte del Comité de Actividades Antiamericanas por no querer delatar a ningún compañero, John Hubley fue obligado a dejar la UPA. Lejos de abandonar su carrera, al año siguiente funda los estudios Storyboard donde trabajará, principalmente, en la creación de anuncios, –en los que no podrá aparecer acreditado- viéndose forzado, en muchas ocasiones, a no poder aceptar trabajos de mayor empaque al estar incluido en las nefastas “listas negras”. En 1955 traslada el estudio a New York donde se iniciará en la realización de cortometraje de animación independientes. Y será precisamente allí y en ese mismo año, cuando conozca y contraiga matrimonio con la que será la otra mitad fundamental de lo que se podría denominar “estilo de animación Hubley”, y con quien trabajara hasta su muerte: Faith Elliott (1924-2001). Tras una infancia y adolescencia difíciles, Faith Elliott, ilustradora y animadora neoyorquina, deambuló por el mundo explorando diversas formas de expresión artística. Cuando en 1955 se unió a John Hubley, sus votos nupciales fueron sólo dos: comer con sus hijos todas las noches y realizar una película independiente al año. Para asegurarse la libertad creativa, trabajaron en su propio estudio de animación… y cumplieron su promesa. Incluso, después de la muerte de John en 1977, Faith continuó realizando anualmente sus trabajos en solitario, desmintiendo de paso el papel que el mundillo del cine le había impuesto de mera asistente de su marido. Inspirada por las mitologías del mundo y con planos y líneas de estética algo neolítica e infantil (muy al estilo de Miró), esta auténtica superviviente encontró una forma única de plasmar su amor por la diversidad cultural que supera las limitaciones del lenguaje. El compromiso social, su odio a la guerra y su crítica hacia la desigualdad de la mujer serán algunos de sus temas recurrentes.
La pareja de animadores formada por John y Faith representa el mágico matrimonio entre la experiencia y la curiosidad, el humor y el sentido de lo trágico, la pasión y la razón avasallante: John con su lucidez y talento técnico-artístico desarrollado en sus años Disney; Faith con su amor por la diversidad cultural y un espíritu rebelde que encuentra en la variedad infinita de la línea, mil y una formas de expresión. En sus numerosos años de trayectoria compartida, Faith & John redefinieron el concepto de animación y demostraron -una vez más- que una simple serie de dibujos en movimiento pueden ayudar a cambiar el mundo.
Combinando texturas, acuarelas, crayones, exposiciones múltiples e iluminaciones a contra cámara, John Hubley & Faith Elliott han creado un estilo único de animación, con el que tratar temas universales desde miradas bien puntuales, como la de sus inocentes hijas preguntándose por qué el mundo funciona como lo hace, o la de un par de trabajadores en las alcantarillas de New York especulando sobre los accidentes nucleares, el libre albedrío y el futuro de la Humanidad. Con su leyendas hindúes, mesoamericanas o de Oriente Medio nos conducen a imaginarios exóticos que despiertan al niño que llevamos dentro.
Y sin duda, un elemento fundamental en la innovación de sus trabajos viene marcado por la perfecta fusión entre imagen y banda sonora. En muchas de sus obras, Faith & John colaboraron íntimamente con músicos de jazz, entre los que destacan Benny Carter, Lionel Hampton, Quincy Jones y Dizzy Gillespie -este último también se convirtió en ocasiones en coguionista, gracias a su conocida habilidad para la improvisación-. Es así como banda sonora, fondo y figura abandonan su espacio y temporalidad para conducirnos a los límites de la abstracción -el verdadero “arte Hubley”- convirtiendo la narrativa en metáfora de algo inabarcable.
El legado de John Hubley & Faith Elliott pervive en la actualidad en su hija Emily, realizadora de numerosos cortos de animación así como de fragmentos animados para documentales y largometrajes de ficción (caso de Hedwig and the angry inch.)
Oscar al mejor cortometraje de animación
Un hombre sencillo pone en beneficio de la naturaleza los profundos conocimientos que sobre ella tiene, para conseguir el renacer de un bosque en una región solitaria y desértica.
FRÉDÉRICK BACK nace en Alemania en 1924. Tras haber vivido en Estrasburgo y París, estudia Bellas Artes en Rennes. En 1948 se traslada a Montreal (Canadá) donde trabaja como profesor de Artes Aplicadas y Bellas Artes. Asimismo trabaja como ilustrador, maquetista y decorador, y realiza continuas colaboraciones en emisiones educativas, científicas y musicales de la Societé Radio-Canada. Para la compañía del Metro de Montreal creará una gigantesca vidriera mural en la estación Place-des-Artes, titulada “La historia de la música en Montreal”.
Pero no será hasta 1968 que comience su trabajo en el cortometraje de animación. Su sensibilidad, la elegancia y sutileza de sus dibujos y su extraordinaria maestría con el color han sido el sello de su creación, junto a un trabajo paciente y único, inspirado en un profundo respeto a la vida. Su obra es un homenaje a la naturaleza, a los animales y a la posibilidad de convivir con ella sin destruirla, sino amándola y respetándola.
En 1980 es por vez primera candidato al Oscar al mejor cortometraje por Tout rien, galardón que obtiene en 1987 por Crac. Repetirá premio en 1987 con EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES y candidatura en 1994 por Le fleuve aux grandes eaux.
Frédéric Back está considerado como uno de los grandes maestros del cine de animación y es sin duda el cineasta canadiense más conocido y galardonado en esta disciplina.
Candidata al Goya al mejor cortometraje de animació
LA FLOR MÁS GRANDE DEL MUNDO es un cuento de una rara belleza, colmado de símbolos y de enigmas, destinado a una infancia que crece en un mundo quebrado por el individualismo, la desesperanza, la violencia y la falta de ideales. En él hay dos mensajes, uno para los niños (el descubrimiento, la valentía, el altruismo) y otra para todos los hombres y mujeres que se interrogan sobre su lugar en el mundo.
Las cosas pequeñas es lo que tienen. Pueden parecer insignificantes pero en su ligereza reside una belleza sin igual. Como en este cortometraje: una pieza que crece a cada visionado gracias a un exquisito gusto por el detalle, la imponente narración del escritor José Saramago y la delicada música compuesta por Emilio Aragón.
Y que además pone de actualidad una técnica que a pesar de las modas digitales resiste dentro de la cinematografía española: el stop-motion. Tal vez este vocablo no le diga nada pero seguramente que más de una película le vendrá a la cabeza cuando piense en “animación con plastilina”. En España, recientemente, hemos tenido grandes pruebas de su dinamismo con piezas como Violeta, la pescadora del mar negro de Marc Riba y Anna Solanas pero, uno de sus máximos exponentes es el director de este corto, Juan Pablo Etcheverry, que recorrió medio mundo a lomos de su Minotauro, Pablo en el laberinto, una intensa recreación del mundo estético del pintor Pablo Picasso, y que con esta nueva producción vuelve a acercarse a otro genio de sensibilidad y originalidad desbordantes: ni más ni menos que al premio Nobel de literatura José Saramago.
Ocho meses de trabajo para adaptar el cuento homónimo del genio portugués con técnicas stop-motion. Ocho meses para hacer que la partitura compuesta por Emilio Aragón casara a la perfección con unas postales animadas repletas de simbolismo. Diez minutos para hablar de la importancia de las cosas pequeñas y, sobre todo, de todo lo que nos rodea. Diez minutos para reflexionar sobre la infancia, la naturaleza y la ficción. Porque, ¿qué pasaría si las historias escritas para niños fueran leídas por los adultos? La respuesta, en este cortometraje.