Oso de Oro del Festival de Berlín
El equivocado (por superficial) concepto del cine que cultivan algunos supuestos analistas cinematográficos hará que, seguramente, TROPA DE ÉLITE acabe siendo más recordada por haber sido el film que se interpuso en el camino de Paul Thomas Anderson hacia el Oso de Oro que por sus propios méritos narrativos. Sobre todo porque, además, se trata de una película de intención provocadora, políticamente incómoda, que en la Berlinale seguro que hizo removerse en su asiento a más de un adalid de la “corrección política” por culpa de la despiadada crítica que su director, José Padilha, lanza contra la aburguesada solidaridad de las clases acomodadas, así como por atreverse a plantear -que no defender ni justificar- la necesidad de fuerzas del orden de vocación militarista en situaciones límite, como hizo Clint Eastwood en la interesante El sargento de hierro (Heartbreak Ridge, 1986). Que durante el festival se hablara de la supuesta moralidad “dudosa” o directamente “facha” de la película demuestra la miopía supina de determinadas mentes bienpensantes, que ni siquiera parecen haberse planteado que, con una honestidad digna de elogio, Padilha condiciona el tono y el punto de vista de los acontecimientos en base a que éstos sean narrados exclusivamente por el nihilista y desequilibrado capitán Nascimento (Wagner Moura), al que el director no presenta precisamente como un modelo de conducta. Semejante concepto de partida, no hay duda, proviene de los orígenes documentalistas del director.
De hecho, las lecturas de la película se enriquecen de forma notable si se entiende como un complemento ficcional -aunque basado en las experiencias de miembros reales del polémico Batalhâo de Operaçôes Policiais Especiais (BOPE)1- o, si se quiere, el anverso de su documental Ônibus 174 (2002). Y es que éste se centraba en la (magnífica) reconstrucción de las terribles circunstancias vitales que llevaron a un antiguo menino da rua, Sandro Rosa do Nascimento, a secuestrar un autobús urbano; pero, sobre todo, incide en cómo la injusticia social y los desequilibrios en el reparto de la riqueza de Brasil generan una frustración y un desamparo que acaba desembocando en una espiral de violencia, caos y delincuencia -a lo que ayuda, además, una desastrosa policía que en todo momento evidencia su carencia de recursos y su falta de profesionalización, a lo que en TROPA DE ÉLITE se une la corrupción generalizada-. Eso sí, como en el film que nos ocupa, Padilha ni dulcifica los hechos ni toma un excesivo partido: de la misma manera que el capitán del BOPE no es un héroe, sino un funcionario con graves problemas psicológicos que no duda en automedicarse para poder controlar sus desequilibrios, la bondad intrínseca de Do Nascimento queda en todo momento contrastada, dejando clara la peligrosa realidad de las calles de Rio de Janeiro, con las psicopáticas declaraciones de uno de sus compañeros de correrías.
A diferencia de los Iñárritu o León de Aranoa de turno, el brasileño no retuerce su discurso en función de un supuesto mensaje de fondo, sino que confía lo suficiente en la inteligencia del espectador como para dejar que sea éste quien, teniendo en cuenta los matices de la situación del país, discrimine la información y saque sus propias conclusiones, en una línea similar a la empleada por films brasileños anteriores como Ciudad de Dios (Cidade de Deus; Fernando Meirelles, 2002) -con la que comparte guionista, Bráulio Mantovani- o Carandirú (Héctor Babenco, 2003).
Es preciso matizar, eso sí, que las similitudes con la obra de Meirelles van más allá de un parecido uso de la voz en off y de la estructuración por segmentos, y en todo caso, apurando al máximo, también podría compararse el interesante aprovechamiento que ambas hacen del laberíntico espacio físico de las favelas. Pero, mientras las desventuras de Buscapé y Zé Pequeno tomaban su inspiración del Martin Scorsese más espídico, el de Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (1995), en cambio Padilha ha adoptado un estilo de aire mucho menos estilizado, más realista, con un tono documental que no anda demasiado lejos de lo ensayado por Paul Greengrass en Domingo sangriento (Bloody Sunday, 2002) o en, por qué no decirlo, El mito de Bourne (The Bourne Supremacy, 2004). Una influencia, por otro lado, reconocida por el propio autor, interesado en la forma en que el inglés se apropiaba “del lenguaje documental, más explícitamente, del “cinéma vérité”, para retratar en forma de ficción un acontecimiento tan controvertido”. Partiendo de dicha idea, el director sigue la acción como si no se hubiera inventado la steadycam, con una cámara en mano nerviosa, palpitante, que parece sintonizada con los conflictivos sentimientos del capitán Nascimento. Lo que no significa que para darle dinamismo a lo que está contando necesite moverse compulsivamente, ya que sólo suele desplazar el plano para reencuadrar a los personajes cuando resulta imprescindible para la narración, ya sea con suaves reenfoques o con bruscas panorámicas -sobre todo dentro del estrecho espacio físico de las infraviviendas de Rio de Janeiro, que transforma en un espacio amenazador-. De hecho, la claridad de la narración de Padilha se fundamenta en una labor de montaje mucho más reposada que la que Christopher Rouse suele brindarle a Greengrass, incluso cuando el ritmo de los planos se acelera en las destacables escenas de acción del film, en las que el director sabe crear tensión sin confundir visualmente al espectador.
Y es que, a diferencia de tantos otros directores de intenciones la mar de “comprometidas” -no olvidemos que el progresismo mal entendido, y peor asimilado, está de moda-, el brasileño no se olvida de que, por encima de mensajes y reflexiones, un film debería conservar su capacidad de entretener, de mantener al espectador pegado al asiento.
Tonio L. Alarcón, “Aterrorizando a las favelas: Tropa de élite”, Dirigido, Mayo 2008.