La Escafandra y la Mariposa

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La Escafandra y la Mariposa

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Lugar y fecha de proyección

  • Fecha: martes 10 de febrero de 2009
  • Hora: 21.30 h.
  • Lugar: Aula Magna de la Facultad de Ciencias

Música de sala

  • Todo está iluminado (Everything is illuminated, 2005) de Liev Schreiber
  • Banda sonora original de Paul Cantelon

La escafandra y la mariposa

  • Año: 2007
  • País: Francia - EE.UU
  • Duración: 114 min.
  • Título Original: La scaphandre et le papillon.
  • Director: Julian Schnabel.
  • Argumento: El libro de memorias de Jean-Dominique Auby.
  • Guión: Ronald Harwood.
  • Fotografía: Janusz Kaminski (Technicolor).
  • Montaje: Juliette Welfing.
  • Música: Paul Cantelon.
  • Productor: Kathleen Kennedy y Jon Kilik.
  • Producción: Pathé/Renn Productions – France 3 Cinéma – Kennedy/Marshall Co.
  • Intérpretes: Mathieu Amalric (Jean-Dominique Auby), Emmanuelle Seigner (Céline Desmoulin), Marie-Josée Croze (Henriette Durand), Anne Consigny (Claude), Patrick Chesnais (Dr. Lepage), Marina Hands (Josephine), Jean-Pierre Cassel (padre Lucien), Max von Sydow (Papinou).
  • v.o.s.e.

Globos de Oro al mejor director y película extranjera
Candidata al Globo de Oro al mejor guión adaptado
4 Candidaturas a los Oscars:
Director, Guión Adaptado, Fotografía y Montaje

Premios al mejor director y mejor fotografía en el Festival de Cannes
Candidata a la Palma de Oro del Festival de Cannes

Walter Benjamin recordaba en “Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos” cómo durante la Edad Media la muerte aún no ha­bía sido desplazada del contexto social y los adul­tos llevaban a sus hijos al pie de la cama de los moribundos, para que pudiesen asistir a una va­liosa lección antes de que su maestro expirase. Hoy en día eso ya no es posible. La sociedad oc­cidental ha decidido higienizarlo todo y desplazar la muerte a los márgenes, quizás porque no es demasiado rentable. Algo así no tendría mayor im­portancia si tras la punta del iceberg no hubiese otras cosas sepultadas. Por un lado están muchos más asuntos que se intentan borrar, como la enfermedad, la pobreza, la vejez o la ignorancia; y por otro está el cinismo con que se habla sobre lo anterior en los foros públicos, demostrando un inquietante interés la mayoría de las veces.

Lo que está claro es que, ya en términos cine­matográficos, el público prefiere visiones opti­mistas de la muerte o de la enfermedad, mientras que la crítica más seria prefiere los implacables trazos del pesimismo. Al final, sin embargo, la ac­titud de unos y de otros es igual de intransigente. Si el público en general se abstiene de ver films como La muerte del señor Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005, Cristi Puiu), entre los críticos hay quienes no reparan en las posibles virtudes de Mar adentro (2004, Ale­jandro Amenábar). Por desgracia, lo que empuja a los dos partes a reaccionar así no es en ningún caso una cuestión estética o ética sino una cues­tión de temperamento. Los primeros se quejan de lo triste que es el film rumano y los segundos se quejan de lo blando que es el film español. Como no quiero establecer jerarquías entre ambas posturas, me conformaré con decir que no comparto ninguna de ellas.

Por eso voy a defender LA ESCA­FANDRA Y LA MARIPOSA, aunque realmente debería defenderse por sí solo. En sus imágenes ni en­cuentro las estratagemas del arte cuando quiere vender pornografía emocional, ni encuentro la desnudez de los testimonios. No me parece com­placiente y tampoco despiadada. Julian Schna­bel, su director, no imparte lecciones sobre la paz y la concordia, y mucho menos pretende denun­ciar el sistema sanitario o el lamentable estado de enfermos como el del film. Sus intenciones -creo­- tienen más relación con la perspectiva que puede aportar un ser humano sobre sí mismo cuando su vida se ve alterada de forma drástica. Para él, sólo así aflora el arte llevado al límite. De modo que este film podríamos considerarlo eso precisa­mente: una obra que pretende mostramos una experiencia mental (y vital) muy extrema.

En diciembre de 1995, un hombre (Mathieu Amalric) abre un ojo y no sabe dónde está. Todo le resulta demasiado confuso. A su alrededor se mueve bastante gente de forma nerviosa, acercándosele u observándolo como si fuera alguien digno de lástima. Se lla­ma Jean-Dominique Bauby. Hasta hace poco era el director de la revista “Elle”, ahora es uno de los pacientes de un hospital en la localidad costera de Berck. Ha tenido un infarto múltiple que estuvo a punto de matarlo mien­tras conducía al volante de su deporti­vo. Los médicos, después de unos días, creen que está en estado vege­tativo. Pero muy pronto se van a dar cuenta de su error. Jean-Dominique todavía puede escuchar e incluso es capaz de abrir y cerrar un ojo; además su cerebro funciona perfectamente.

Creo que a estas alturas es impor­tante dejar claro que no estamos ante alguien con una vida tan lánguida y frustrante como la del protagonista (Timothy Bottoms) de Johnny cogió su fusil (Johnny Got His Gun, 1971, Dal­ton Trumbo) antes de que una bomba le destrozase las extremidades y le dejara hecho un guiñapo. En absoluto. El protagonista de LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA era un caradura acostum­brado al dinero, las mujeres y las fies­tas antes de sufrir el infarto. Sea como fuere, tanto Johnny como Jean-Domi­nique tienen razones suficientes para querer morir. Sin embargo, este último no muestra en ningún momento dese­os de hacerlo, algo verdaderamente increíble de no ser porque estamos ante un personaje real y no ficticio, como el del film de Dalton Trumbo.

Una cosa que distingue a Jean-Do­minique es que se trata de alguien fue­ra de la Historia con mayúscula, cuan­do poco hasta que se ve inmovilizado encima de una cama, intentando aprender una manera de comunicarse con los demás, para así dictar sus me­morias, que tuvieron mucho éxito al publicarse en Francia. Desde el mo­mento en que recapacita sobre su nueva situación, el film describe cómo su mente busca los beneficios que le niega la realidad. Sus fantasías co­mienzan imaginándole sumergido en el fondo del mar y en adelante lo llevan a experimentar sensaciones que no conocía. Y recuerda fragmentos de su vida. Primero, los recuerdos y la ima­ginación van cada uno por su lado, pero al final acaban confundiéndose, de una manera más psi­codélica que naturalista.

Además del consuelo que a veces proporcio­na la fantasía, el protagonista de LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA va haciendo varios descubrimientos sobre aquellos que le rodean. Por ejemplo, la compañera de quien acababa de separarse (Em­manuelle Seigner) y con quien había tenido tres hijos está a su lado a diario mientras que su amante (Martina Hinds) prefiere mantenerse ale­jada del hospital porque le provoca miedo. Incluso él mismo cambia con respecto a sus hijos, que al principio no quiere que lo vean así y después reclama su presencia. Varias secuencias, no obstante, muestran las contradicciones de su carácter. En una se le va hablando con su padre por teléfono (a través de alguien que traduce las palabras de Jean-Dominique), cuya salud no le permite visitarle. Y en la otra se le ve dictando a su antigua compa­ñera una conversación entre él y una amante. Su delicadeza con su padre es tanta como su falta de de­licadeza con la madre de sus hijos.

Joan Didion, en su libro “El año del pensamiento mágico”, dice que “el matrimonio no es sólo tiempo; paradójicamente, es tam­bién la abolición del tiempo”. A lo que se refiere es a que una mujer como ella, que estuvo casada más de cuatro décadas con el mismo hombre, no envejeció en todo ese periodo porque siempre se sintió querida y observada de idéntica manera. Si nuestros padres nos tratan como sus primogénitos ten­gamos la edad que tengamos, un compañero sentimental nos ve como su pareja perfecta, como el complemento que de verdad le proporciona un sentido a su vida y una dirección a su destino, al me­nos mientras no siente la necesi­dad de reemplazarnos por otra persona. Gracias a aquellos con quienes mantenemos algún tipo de lazo, mantenemos firme nues­tra identidad. Al romperse una cualquiera de las relaciones huma­nas que ayudan a definirnos, algo propio se desvanece, muere. En LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA, Jean-­Dominique consigue mantenerse firme y con cierto optimismo gra­cias a sus amigos y familiares. De paso, esas presencias le ayudan a mantener su identidad intacta.

Pese a vivir atrapado en su pro­pio cuerpo, como Jean Michel Bas­quiat (Jeffrey Wright) vivía atrapa­do por las drogas en Basquiat (1996) y como Reinaldo Are­nas (Javier Bardem) vivía atrapado en Cuba en Antes que anochezca (Before Night Falls, 2000), el prota­gonista del último film de Julian Schnabel descubre las virtudes te­rapéuticas de todo encierro, que -según el cineasta y pintor estadounidense- estimula nuestra cre­atividad. Aunque no es preciso convertir esto último en un axioma, lo cierto es que hay muchos ejemplos que lo co­rroboran, pero LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA no pretende teorizar, si acaso pretende decirnos que tenemos a nuestro alcance una forma de evadir­nos de la tiranía del trabajo, la tecnología y las pre­siones del mundo moderno sin necesidad de salir de nosotros mismos .

Text

Hilario J. Rodríguez, “Cerrar los ojos: La escafandra y la mariposa”, Dirigido, Enero 2008.