Globos de Oro al mejor director y película extranjera
Candidata al Globo de Oro al mejor guión adaptado
4 Candidaturas a los Oscars:
Director, Guión Adaptado, Fotografía y Montaje
Premios al mejor director y mejor fotografía en el Festival de Cannes
Candidata a la Palma de Oro del Festival de Cannes
Walter Benjamin recordaba en “Sobre el programa de la filosofía futura y otros ensayos” cómo durante la Edad Media la muerte aún no había sido desplazada del contexto social y los adultos llevaban a sus hijos al pie de la cama de los moribundos, para que pudiesen asistir a una valiosa lección antes de que su maestro expirase. Hoy en día eso ya no es posible. La sociedad occidental ha decidido higienizarlo todo y desplazar la muerte a los márgenes, quizás porque no es demasiado rentable. Algo así no tendría mayor importancia si tras la punta del iceberg no hubiese otras cosas sepultadas. Por un lado están muchos más asuntos que se intentan borrar, como la enfermedad, la pobreza, la vejez o la ignorancia; y por otro está el cinismo con que se habla sobre lo anterior en los foros públicos, demostrando un inquietante interés la mayoría de las veces.
Lo que está claro es que, ya en términos cinematográficos, el público prefiere visiones optimistas de la muerte o de la enfermedad, mientras que la crítica más seria prefiere los implacables trazos del pesimismo. Al final, sin embargo, la actitud de unos y de otros es igual de intransigente. Si el público en general se abstiene de ver films como La muerte del señor Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005, Cristi Puiu), entre los críticos hay quienes no reparan en las posibles virtudes de Mar adentro (2004, Alejandro Amenábar). Por desgracia, lo que empuja a los dos partes a reaccionar así no es en ningún caso una cuestión estética o ética sino una cuestión de temperamento. Los primeros se quejan de lo triste que es el film rumano y los segundos se quejan de lo blando que es el film español. Como no quiero establecer jerarquías entre ambas posturas, me conformaré con decir que no comparto ninguna de ellas.
Por eso voy a defender LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA, aunque realmente debería defenderse por sí solo. En sus imágenes ni encuentro las estratagemas del arte cuando quiere vender pornografía emocional, ni encuentro la desnudez de los testimonios. No me parece complaciente y tampoco despiadada. Julian Schnabel, su director, no imparte lecciones sobre la paz y la concordia, y mucho menos pretende denunciar el sistema sanitario o el lamentable estado de enfermos como el del film. Sus intenciones -creo- tienen más relación con la perspectiva que puede aportar un ser humano sobre sí mismo cuando su vida se ve alterada de forma drástica. Para él, sólo así aflora el arte llevado al límite. De modo que este film podríamos considerarlo eso precisamente: una obra que pretende mostramos una experiencia mental (y vital) muy extrema.
En diciembre de 1995, un hombre (Mathieu Amalric) abre un ojo y no sabe dónde está. Todo le resulta demasiado confuso. A su alrededor se mueve bastante gente de forma nerviosa, acercándosele u observándolo como si fuera alguien digno de lástima. Se llama Jean-Dominique Bauby. Hasta hace poco era el director de la revista “Elle”, ahora es uno de los pacientes de un hospital en la localidad costera de Berck. Ha tenido un infarto múltiple que estuvo a punto de matarlo mientras conducía al volante de su deportivo. Los médicos, después de unos días, creen que está en estado vegetativo. Pero muy pronto se van a dar cuenta de su error. Jean-Dominique todavía puede escuchar e incluso es capaz de abrir y cerrar un ojo; además su cerebro funciona perfectamente.
Creo que a estas alturas es importante dejar claro que no estamos ante alguien con una vida tan lánguida y frustrante como la del protagonista (Timothy Bottoms) de Johnny cogió su fusil (Johnny Got His Gun, 1971, Dalton Trumbo) antes de que una bomba le destrozase las extremidades y le dejara hecho un guiñapo. En absoluto. El protagonista de LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA era un caradura acostumbrado al dinero, las mujeres y las fiestas antes de sufrir el infarto. Sea como fuere, tanto Johnny como Jean-Dominique tienen razones suficientes para querer morir. Sin embargo, este último no muestra en ningún momento deseos de hacerlo, algo verdaderamente increíble de no ser porque estamos ante un personaje real y no ficticio, como el del film de Dalton Trumbo.
Una cosa que distingue a Jean-Dominique es que se trata de alguien fuera de la Historia con mayúscula, cuando poco hasta que se ve inmovilizado encima de una cama, intentando aprender una manera de comunicarse con los demás, para así dictar sus memorias, que tuvieron mucho éxito al publicarse en Francia. Desde el momento en que recapacita sobre su nueva situación, el film describe cómo su mente busca los beneficios que le niega la realidad. Sus fantasías comienzan imaginándole sumergido en el fondo del mar y en adelante lo llevan a experimentar sensaciones que no conocía. Y recuerda fragmentos de su vida. Primero, los recuerdos y la imaginación van cada uno por su lado, pero al final acaban confundiéndose, de una manera más psicodélica que naturalista.
Además del consuelo que a veces proporciona la fantasía, el protagonista de LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA va haciendo varios descubrimientos sobre aquellos que le rodean. Por ejemplo, la compañera de quien acababa de separarse (Emmanuelle Seigner) y con quien había tenido tres hijos está a su lado a diario mientras que su amante (Martina Hinds) prefiere mantenerse alejada del hospital porque le provoca miedo. Incluso él mismo cambia con respecto a sus hijos, que al principio no quiere que lo vean así y después reclama su presencia. Varias secuencias, no obstante, muestran las contradicciones de su carácter. En una se le va hablando con su padre por teléfono (a través de alguien que traduce las palabras de Jean-Dominique), cuya salud no le permite visitarle. Y en la otra se le ve dictando a su antigua compañera una conversación entre él y una amante. Su delicadeza con su padre es tanta como su falta de delicadeza con la madre de sus hijos.
Joan Didion, en su libro “El año del pensamiento mágico”, dice que “el matrimonio no es sólo tiempo; paradójicamente, es también la abolición del tiempo”. A lo que se refiere es a que una mujer como ella, que estuvo casada más de cuatro décadas con el mismo hombre, no envejeció en todo ese periodo porque siempre se sintió querida y observada de idéntica manera. Si nuestros padres nos tratan como sus primogénitos tengamos la edad que tengamos, un compañero sentimental nos ve como su pareja perfecta, como el complemento que de verdad le proporciona un sentido a su vida y una dirección a su destino, al menos mientras no siente la necesidad de reemplazarnos por otra persona. Gracias a aquellos con quienes mantenemos algún tipo de lazo, mantenemos firme nuestra identidad. Al romperse una cualquiera de las relaciones humanas que ayudan a definirnos, algo propio se desvanece, muere. En LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA, Jean-Dominique consigue mantenerse firme y con cierto optimismo gracias a sus amigos y familiares. De paso, esas presencias le ayudan a mantener su identidad intacta.
Pese a vivir atrapado en su propio cuerpo, como Jean Michel Basquiat (Jeffrey Wright) vivía atrapado por las drogas en Basquiat (1996) y como Reinaldo Arenas (Javier Bardem) vivía atrapado en Cuba en Antes que anochezca (Before Night Falls, 2000), el protagonista del último film de Julian Schnabel descubre las virtudes terapéuticas de todo encierro, que -según el cineasta y pintor estadounidense- estimula nuestra creatividad. Aunque no es preciso convertir esto último en un axioma, lo cierto es que hay muchos ejemplos que lo corroboran, pero LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA no pretende teorizar, si acaso pretende decirnos que tenemos a nuestro alcance una forma de evadirnos de la tiranía del trabajo, la tecnología y las presiones del mundo moderno sin necesidad de salir de nosotros mismos .
Hilario J. Rodríguez, “Cerrar los ojos: La escafandra y la mariposa”, Dirigido, Enero 2008.