Intérpretes: Philip Seymour Hoffman (Andy), Ethan Hawke (Hank/), Albert Finney (Charles), Marisa Tomei (Gina), Rosemary Harris (Nanette), Michael Shannon (Dex), Amy Ryan (Martha)
* v.o.s.e.
No cuesta demasiado ver en ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO una especie de antítesis de la ligera Negocios de familia (Family business, 1989, Sidney Lumet), donde también se mezclaban los lazos de familia con la comisión de un delito. En esta ocasión son dos hermanos, Andy y Hank Hanson (Philip Seymour Hoffman y Ethan Hawke), los que se proponen atracar la joyería de sus propios padres, Charles y Nanette (Albert Finney y Rosemary Harris), pero aquí el tono es sombrío y de una excepcional dureza. No es éste el único mérito de la más reciente y esperemos que no postrera película de Sidney Lumet, la cual atesora sus mejores virtudes: un regreso dinámico y en absoluto retrógrado a su más logrado “cine de cámara”, en el cual gestos y miradas, planificación y encuadre, están al servicio de la descripción psicológica de los personajes; y un renovado discurso, feroz y sin paliativos, sobre las formas de la hipocresía humana, en un relato otra vez ambivalente y rico en matices, sobre la base de un guión urdido por Kelly Masterson pero reelaborado por Lumet de manera no acreditada, que adopta con decisión los ropajes de la tragedia.
Para describir ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO, diríamos que es un film perfecto desde un punto de vista dramático y llamativo desde un punto de vista estructural. Habrá quienes le busquen similitudes con Reservoir Dogs (1992, Quentin Tarantino) si no conocen Supergolpe en Manhattan (The Anderson Tapes, 1971), del propio Lumet. Yo también lo asociaría con “Larga jornada hacia la noche”1 y con las otras obras que conozco de Eugene O'Neill. Incluso con Fedor Dostoievski, sin la retórica. Casi nadie podrá encontrar un estreno reciente con personajes tan bien delineados como los de ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO. Aquí la ciudad de Nueva York apenas cobra relieve, y eso permite que nos fijemos más en los conflictos. Ni siquiera la profesión de los protagonistas tiene gran relevancia. Lo que de verdad importa son sus relaciones. Hermanos, hijos, padres, esposos y amantes entrelazados por los celos, el odio, la ansiedad, el miedo o el desprecio. Bajo sus identidades esconden secretos que van saliendo a la luz .
A muchos podrá sorprenderles el singular arranque del film, esa secuencia en la que vemos a Andy Hanson penetrando furiosamente a su esposa Gina (Marisa Tomei) con esta última en una posición “impropia”, dirán algunos, de un cineasta que no por el hecho de ser viejo está menos interesado por todas las facetas del comportamiento humano. Además, lo importante de esta secuencia no es el sexo que muestra, sino lo que sugiere de la psicología de los fornicantes: las miradas vanidosas (que, de tan sutiles, casi resultan imperceptibles) que Andy se arroja a sí mismo en el espejo del dormitorio mientras penetra a Gina; y lo que ese trajín sexual anticipa, asimismo, sobre el personaje de Gina: su cuerpo desnudo también es poseído por Hank, su amante secreto: Gina sólo es para ambos hombres un trozo de carne con el que copular, en el caso de Andy por vanidad, en el de Hank por desesperación. Como siempre en Lumet, nada es lo que aparenta a simple vista; de hecho, aquí las máscaras de la hipocresía, las falsas apariencias, se desploman con más facilidad que nunca, hasta el punto que la conducta de los personajes es una simple forma de disimular ante los demás lo que realmente son. Puestos bajo presión, cada uno de ellos desvela lo peor de sí mismos: Andy, un próspero hombre de negocios de suaves modales, es en realidad un drogadicto que, a base de esnifar cocaína a escondidas en su despacho o de inyectarse heroína en el apartamento de su camello Justin (Blaine Hartan), ha terminado dilapidando los fondos de la empresa para la que trabaja y que ahora debe reponer en breve plazo; Hank, que al contrario que Andy sí que gesticula como un drogadicto aún sin serlo, agobiado por una ex esposa (Martha: Amy Ryan) que le reclama su pensión, es un ser cobarde y desamparado; y Gina, una mujer harta de que los hombres la traten como a un simple “agujero”. Incluso los personajes, digamos, “venerables”, ocultan oscuros matices.
Una serie de flashbacks, delimitados por unos rótulos precedidos en ocasiones por un brillante montaje de planos cortos que hace pensar en los experimentos subliminales de Lumet para El prestamista (The pawnbroker, 1964), reconstruyen de forma no lineal todos los hechos inmediatamente anteriores al atraco a la joyería. Al contrario que en otras propuestas de este estilo, la progresiva información a posteriori sobre las motivaciones de los personajes va cargando de espesor y densidad el relato, haciéndolo además con una intensidad de la que carecería por completo si el mismo estuviese narrado de forma tradicional. Intensidad modelada gracias a la fuerza dramática de gestos y miradas (magníficos todos los actores), y a la sombría belleza de determinados apuntes de puesta en escena: la secuencia de la primera visita de Andy al apartamento del camello, resuelta en un extraordinario plano que combina imagen fija e imagen en movimiento, es ilustrativa de la naturaleza oscilante del personaje de Andy, alguien atrapado entre lo que parece y lo que es, su apariencia exterior y su vida interior.
En torno a los problemas que sufren los protagonistas de este film, el dinero ocupa una posición central. Como no son mileuristas sino derrochadores, pronto descubrimos que parte de sus ansiedades se deben a sus esposas (que quieren caprichitos), a sus ex-esposas (que les atosigan con los gastos escolares y las facturas del teléfono) y a sus hijas (que quieren ir con sus compañeros de colegio a ver una producción teatral de “El rey León” que vale 130 dólares). Llevando esas presiones a la espalda es comprensible que se caiga en la adicción a las drogas, en el adulterio o en la fantasía. El film, sin embargo, añade que detrás de ese cúmulo de circunstancias también puede haber otras razones más poderosas.
Tolstoi decía que “todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera”//; la que nos muestra este film de Sidney Lumet es de estas últimas y esconde un monstruo peor que Andy y Hank.