A diferencia del género terrorífico que ha tenido en nuestro país cultivadores tan dedicados (que no brillantes) como Jesús Franco, Paul Naschy, Amando de Ossorio, León Klimovsky, Carlos Aured o Eugenio Martín, la ciencia ficción no ha acabado nunca de cuajar dentro de la cinematografía española, a pesar de que se han llevado a cabo intentos curiosos pero, en general, más voluntariosos que interesantes, como Fata Morgana (Vicente Aranda, 1966), Una gota de sangre para morir amando (Eloy de la Iglesia, 1973), La casa (Angelino Fons, 1974), Memoria (Francisco Macián, 1978) o Abre los ojos (Alejandro Amenábar, 1997). Ya sea por el complejo de inferioridad que el español medio siente respecto a las grandes potencias tecnológicas -una consecuencia lógica de los largos años de autarquía del régimen franquista-, ya sea porque el enfoque frío y cerebral que suele encerrar el género encaja más con las culturas anglogermánicas que con la impulsividad mediterránea, el caso es que da la impresión de que los directores de nuestro país sólo se atreven a acercarse al tema de la anticipación científica escudándose en una perspectiva carnavalesca, desmitificadora, a lo Acción mutante (Alex de la Iglesia, 1992) o La mujer más fea del mundo (Miguel Bardem, 1999).
Aunque sólo sea por ir a contracorriente de dicha tendencia, ya habría que valorar positivamente las intenciones de Nacho Vigalondo al afrontar su debut en el largometraje, LOS CRONOCRÍMENES (2008), en el que ha dejado a un lado (si bien no del todo) la adscripción a la comedia de la mayoría de sus cortometrajes previos para trenzar una obra de ciencia ficción pura y dura, que se toma muy en serio las reglas tradicionales de las historias de viajes en el tiempo y paradojas temporales -he ahí la razón de que haya tenido tantas dificultades en obtener distribución: al tejido industrial de nuestro país le siguen asustando las propuestas diferentes.-
Es evidente el mimo con el que el director ha llevado a cabo el activo más importante con el que cuenta su película, el guión, ya que en él encaja mejor que nunca la desgastadísima frase “funciona como un reloj”, pues está fundamentalmente volcado en contar las desventuras de su protagonista, Héctor (Karra Elejalde), de la manera más eficaz, atractiva y concreta posible. No hay florituras estilísticas, ni situaciones abracadabrantes, más allá de lo que provoca la misma lógica de los acontecimientos, que se convierte en la guía única e inflexible de la narración. De hecho, Vigalondo construye su ópera prima sobre un refinamiento tan milimétrico de elementos que casi podríamos hablar de desnudez conceptual, ya que limita la nómina de actantes a básicamente cuatro, la mayoría de los cuales son meros comparsas del héroe principal o, si se prefiere, simples piezas funcionales dentro del complejo engranaje que mueve los acontecimientos del film. Sería injusto, sin embargo, y sin duda notablemente reduccionista, interpretar esa contracción casi al arquetipo de personajes y situaciones como una reflexión puramente etimológica sobre los mecanismos de la ciencia ficción. A diferencia de, buscando un ejemplo cercano en el tiempo, La habitación de Fermat (Luis Piedrahita y Rodriga Sopeña, 2007), pieza de género demasiado entusiasmada con su propia postmodernidad como para prestarle atención a sus esquemáticos personajes, el libreto que nos ocupa se acerca al tema de los viajes en el tiempo desde una dimensión humana, cercana -y, de hecho, incluso con detalles de comportamiento inequívocamente españoles-, al tener la inteligencia de avanzar a partir de los impulsos primarios, ya sean sexuales o de pura supervivencia física que Héctor desarrolla a lo largo de sus tropiezos temporales. Incluso podríamos decir más: tras su apariencia de “juguetito cinematográfico” hay un retrato bastante cínico sobre la condición humana, que utiliza con inteligencia la figura del doppelgänger para desvelar el espíritu violento y manipulador que oculta, bajo su fachada de burgués apocado e inofensivo, un Elejalde que, por desgracia, da la impresión de estar siempre unos pasos por debajo de la intensidad que le demandaba el protagonista.
Lo que, en realidad, viene a ser una metáfora bastante elocuente de lo que supone el mal endémico de todo el proyecto: que, en todo momento, da la impresión de ser una traslación fidelísima, y técnicamente de lo más correcta, de lo escrito por el propio Vigalondo ... Y poco más. No se aprecia ningún tipo de nervio, ni sobre todo de riesgo, en una puesta en escena que resulta en exceso ilustrativa, funcional, como si el autor sintiera demasiado respeto por su propia obra para intentar enriquecerla a posteriori mediante su trabajo tras la cámara. Tendría su gracia que, en palabras del propio director, el film empiece “como una película de Iciar Bollain en la que, de repente, aterrizarse un ovni” si no fuera porque ese estilo se mantiene casi inamovible, algo especialmente evidente en los momentos de supuesta tensión, resueltos con una notable sosura, perdiendo así la oportunidad de multiplicar las sugerencias desarrolladas en ellos sobre el papel mediante un planteamiento narrativo más ambicioso. Sólo hay que repasar los momentos de supuesta tensión, que están resueltos con una sosería que, tristemente, acaba perjudicando el recuerdo que el film deja en el espectador. No deja de ser una pena que, lo que podría haber sido una película brillante debido a las excelencias de su guión, y quizá por ello una de las mejores piezas de género realizadas en nuestro país en los últimos años, se quede solamente en un intento fallido aunque, eso sí, repleto de interés.
Pero el cine no se construye sobre intenciones, y para destacar en acercamientos genéricos de esta índole es necesario arriesgar formalmente, dejar bien clara la personalidad de quien está detrás de las imágenes, a la hora de llevar un guión al cine, por bien afinado que esté. Merece la pena, sin embargo, seguir con atención la carrera en el largometraje de Vigalondo. Mimbres para brillar no le faltan.
Tonio L. Alarcón, “Reloj, no marques las horas: Los Cronocrímenes”, Dirigido, Junio 2008.