Cien clavos

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Cien clavos

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Lugar y fecha de proyección

  • Fecha: martes 17 de febrero de 2009
  • Hora: 21.30 h.
  • Lugar: Aula Magna de la Facultad de Ciencias

Música de sala

  • “Coltrane & Cannonball” (1959)
  • John Coltrane (saxo tenor), Julian Cannonball Adderley (saxo alto), Wynton Nelly (piano), Paul Chambers (bajo), Jimmy Cobb (batería)

Cien clavos

  • Año: 2007
  • País: Italia
  • Duración: 92 min.
  • Título Original: Centochiodi.
  • Director y Guión: Ermanno Olmi.
  • Fotografía: Fabio Olmi (Technicolor).
  • Montaje: Paolo Cottignola.
  • Música: Fabio Vacchi.
  • Productor: Roberto Cicutto y Luigi Musini.
  • Producción: Cinemaundici – RAI Cinema.
  • Intérpretes: Raz Degan (el profesor), Luna Bendandi, Amina Syed (la estudiante), Michele Zattara (el monseñor), Andrea Lanfredi (el cartero), Luigi Galvani (el pescador), Carlo Faroni (el taciturno)
  • v.o.s.e.

He aquí una película de otro tiempo, puede que de otro planeta. Quizás sea que mi pasión por la obra de Ermanno Olmi ande de­sorbitada en estos tiempos de confusión cinematográfica (y crítica), quizá es que no dudo en rendirme ante alegatos que destilan pureza en cada fotograma. Así andamos los que, de una ma­nera u otra, sentimos apego por la bondad exis­tente en la vida humana, pues es precisamente de esa carencia de donde surge una necesidad in­mediata de aferrarnos con fuerza a la belleza pre­sente en una obra artística que, si hacemos caso a los cánones, debería estar destinada a fijar en el tiempo la belleza existente en la propia vida.

Las películas más importantes del panorama cinematográfico contemporáneo nos han dejado las retinas quemadas. Se suma la paranoia con la alienación provocando la desaparición del dis­curso, dejando el relato tiritando en su desnudez, abocándonos a un abismo de las formas cuya única manera de salir indemne es por el camino de la abstracción. Las visiones de la realidad so­cial contemporánea trazan un panorama terrorí­fico, ahogado en su agresividad, deshumaniza­do en su frialdad, potenciando la soledad del in­dividuo por más que esté rodeado de infinidad de gente. El arte cinematográfico siempre, incluso de manera despistada, ha ido retratando de una manera u otra la realidad contemporánea exis­tente, así que si hacemos caso al cine que vemos en nuestras pantallas está claro que éstos son tiempos en los que hasta a las moscas les salen colmillos, tiempos en que las fábulas han pre­miado lo barroco frente a lo alegórico y donde la imagen ha perdido toda entidad y estabilidad. Son malos tiempos para los héroes, por eso es más fácil identificarse con la ambigüedad moral del Jesse James de Brad Pitt o del Robert Neville de Will Smith, que con cualquier superhombre que defiende mediante el asesinato los códigos morales del siglo XIX.

De hecho son buenos tiempos para Sartre, para Lowry, para Nick Drake y Leonard Cohen, para Ingmar Bergman y Andrei Tarkovsky. Un te­rritorio llagado e indefinido donde Lynch y Van Sant se mueven en plena libertad. Vivimos la época del barrido de los ideales, donde ha desa­parecido la figura icónica portavoz de una gene­ración y la religión sólo es pasto apto para fun­damentalistas.

Por ello, frente a este totalitarismo conceptual es más necesaria que nunca la figura de todo un francotirador del cine europeo como Ermanno Olmi; una vez muerto Antonioni, lo único interesante que nos puede ofrecer el cine italiano junto a Mar­co Bellocchio. Olmi responde a la dispersión con despoja­miento. A la abstracción con minimalismo. Al discurso caótico y verborreico con la ver­dad dicha con las palabras de un niño. Si su cine siempre ha basculado entre la epifanía católica -recordemos el milagro de la curación de la vaca en El árbol de los zuecos (L 'albero degli zoc­coli, 1978)-y la ontología humanística, en CIEN CLA­VOS se vuelve existencialista, convirtiendo la moral en algo imperativo, casi revolucionario.

Por eso, más que a Rossellini (o al primer Vis­conti), la última película de Ermanno Olmi retro­trae al Pasolini de finales de los sesenta -el de Teorema (1968), Porcile (1969) y Medea (1969)-, aquél que premiaba la dislocación de la imagen y la palabra, el que construía su obra con fonemas y sintagmas en vez de con planos y líneas de diá­logo. CIEN CLAVOS requiere por ello un protagonis­ta anacrónico, un antihéroe que, en clave de fuga, decide borrar su pasado y su futuro para así poder encontrarse así mismo.

Las concomitancias con Jesucristo no son ba­ladíes: se instala una necesidad de revolución ín­tima, de devoción por el gesto por encima de la palabra, una huida hacia adentro en busca de po­der saborear lo que nos convierte en seres huma­nos merced a la gracia divina. Para el Olmi del siglo XXI la reli­gión es tierra de fariseos, la igle­sia una cárcel politeísta entrega­da a la adoración de la tradición milenaria. En el fragor del caos contemporáneo el joven profesor decide declararse en estado de rebeldía, por ello comete un cri­men propio de un genio: atravie­sa con cien clavos los cien libros poseedores de “toda la sabiduría de la humanidad”.

Su ingenuidad es hiriente. En su exilio hacia la pureza acaba en­contrándose con un territorio en progresiva desaparición. No se puede hacer nada contra la glo­balización, tanto industrial como mental, la tradición está condenada a desapare­cer o, peor, a perpetuar los aspectos más rancios del colectivo social y cultural. Olmi retrata a la co­munidad que acoge al nuevo profeta con toda la empatía que puede ofrecer un enfoque naturalis­ta. Una mirada pausada que decide centrarse en el espectáculo íntimo por encima del gran discurso global. El protagonista/terrorista/profeta practica la humildad frente al gran aparataje corporativo, es consciente de la imposibilidad de una revolu­ción colectiva, así que se contenta con el gesto minúsculo, encuentra la belleza a través de la senci­llez. Aquí lo que vale es el contacto a dos, la pala­bra dada a quien quiere (necesita) escucharla.

Malditos libros. Malditos años dedicados a estudiar. Malditos profesores dogmáticos y des­humanizados. La crisis existencial requiere una vía de escape inmediata. Romper con el pasado, con lo aprehendido, con lo escuchado y hablado, romper con todo. La verdad aflora mientras el re­lato fluye: “todos los libros del mundo no valen lo que el calor de una caricia”. Olmi escupe a la in­telectualidad, a la adoración ciega de las artes, todo eso no es comparable “a tomarse un café con un buen amigo”.

Está claro, el mensaje será todo lo naif que se quiera, pero es lo que ocurre con las verdades como puños, que a veces se nos atragantan, nos cortan la respiración. Olmi cuestiona el mecanis­mo que rige el comportamiento social y cultural, reniega de la figura didáctica e impone en primer término lo genuino de la inocencia del analfabeto. No peca de contradictorio, no existe ningún tipo de subtexto o poso intelectual del que parta el discurso, de ahí lo incómodo de la propuesta. Esta es una película tan abierta a las ideas como al público. Pues Olmi ofrece su palabra incluso a los que no saben ni quieren escuchar.

CIEN CLAVOS nos recuerda a todos lo equi­vocados que estamos. Siempre dándole vueltas a las mismas cosas, discutiendo ferozmente por cuestiones que, en el fon­do, sólo importan a unos pocos. Hay quien se pasa la vida engullido por la maquinaria social y hay quien se la pasa cuestionando continuamen­te lo que hacen los demás. Guerras de guerrilla de las que no se entera la mayor parte de la pobla­ción. El resultado es el mismo, tanto para el sec­tor intelectual como para el que decide vivir sin complicaciones rindiéndose a la evolución natural: el hecho es que pasamos la vida estudiando, trabajando, relacionándonos dentro de los parámetros impuestos, cumpliendo puntualmente las prácticas sociales, cediendo ante la realidad or­gánica ... total, que se nos olvida lo primordial, algo tan sencillo y accesible para todos como es el hecho de vivir, de que el corazón late.

Sé que resulto tan ingenuo como Olmi. Que tengo a Perogrullo de mi lado (y eso que siempre intento citar a Foucault pero nunca lo consigo). Que este texto igual sólo le gusta al que lo escri­be. Y es que CIEN CLAVOS también reivindica la in­dividualidad, el derecho a ser y estar. Olmi es consciente de que ésta es una batalla perdida, pero no por ello hay que rendirse. Lo he dicho an­tes, vivimos en una época en que el arte difícil­mente va a cambiar el mundo. No va a haber más Dylan, War­hol, Arbus, Coltrane o Wolf; aho­ra los cambios son meramente tecnológicos, una práctica por­nográfica de la segunda ley de la termodinámica -aquélla que dice que una variación entrópica, en un sistema aislado, no puede ser nunca negativa-.

(Quién sabe, quizá por todo esto aquí dicho exista ahora mis­mo una proliferación exorbitada del documental/retrato de po­blaciones en descomposición. Sólo hace falta un viaje a los pue­blos castellanos (leoneses o manchegos) para descubrir lo poco que queda de ellos.)

CIEN CLAVOS es, entonces, algo más que una pe­lícula. No dejemos que Olmi nos engañe. Da igual que arranque en formato de thriller, desarrolle su cuerpo con modernidad sesentera y se cierre ape­gado a la ilógica, tan lógica, del fantástico. Da lo mismo que cuente en la música con uno de los trompetistas más brillantes del panorama actual: Paolo Fresu. Y, definitivamente, es absurdo tener en consideración el poco caso que se le hizo du­rante su paso por el último festival de Cannes –el realizador anunció allí que ésta sería su última película en el campo de la ficción, dedicándose a partir de ahora, únicamente al documental-. El último Olmi supera la puesta en escena para ele­varse como una revolución en todos los niveles, un desafío ético y estético a las convenciones sociales e intelectuales del mundo contemporáneo.

Así que no me queda más que adherirme a su dis­curso y, mientras pido perdón por esta larga di­gresión, me declaro en estado de rebeldía total. 

Texto

Alejandro G. Calvo, “Revolución: Cien Clavos”, Dirigido, Febrero 2008.