He aquí una película de otro tiempo, puede que de otro planeta. Quizás sea que mi pasión por la obra de Ermanno Olmi ande desorbitada en estos tiempos de confusión cinematográfica (y crítica), quizá es que no dudo en rendirme ante alegatos que destilan pureza en cada fotograma. Así andamos los que, de una manera u otra, sentimos apego por la bondad existente en la vida humana, pues es precisamente de esa carencia de donde surge una necesidad inmediata de aferrarnos con fuerza a la belleza presente en una obra artística que, si hacemos caso a los cánones, debería estar destinada a fijar en el tiempo la belleza existente en la propia vida.
Las películas más importantes del panorama cinematográfico contemporáneo nos han dejado las retinas quemadas. Se suma la paranoia con la alienación provocando la desaparición del discurso, dejando el relato tiritando en su desnudez, abocándonos a un abismo de las formas cuya única manera de salir indemne es por el camino de la abstracción. Las visiones de la realidad social contemporánea trazan un panorama terrorífico, ahogado en su agresividad, deshumanizado en su frialdad, potenciando la soledad del individuo por más que esté rodeado de infinidad de gente. El arte cinematográfico siempre, incluso de manera despistada, ha ido retratando de una manera u otra la realidad contemporánea existente, así que si hacemos caso al cine que vemos en nuestras pantallas está claro que éstos son tiempos en los que hasta a las moscas les salen colmillos, tiempos en que las fábulas han premiado lo barroco frente a lo alegórico y donde la imagen ha perdido toda entidad y estabilidad. Son malos tiempos para los héroes, por eso es más fácil identificarse con la ambigüedad moral del Jesse James de Brad Pitt o del Robert Neville de Will Smith, que con cualquier superhombre que defiende mediante el asesinato los códigos morales del siglo XIX.
De hecho son buenos tiempos para Sartre, para Lowry, para Nick Drake y Leonard Cohen, para Ingmar Bergman y Andrei Tarkovsky. Un territorio llagado e indefinido donde Lynch y Van Sant se mueven en plena libertad. Vivimos la época del barrido de los ideales, donde ha desaparecido la figura icónica portavoz de una generación y la religión sólo es pasto apto para fundamentalistas.
Por ello, frente a este totalitarismo conceptual es más necesaria que nunca la figura de todo un francotirador del cine europeo como Ermanno Olmi; una vez muerto Antonioni, lo único interesante que nos puede ofrecer el cine italiano junto a Marco Bellocchio. Olmi responde a la dispersión con despojamiento. A la abstracción con minimalismo. Al discurso caótico y verborreico con la verdad dicha con las palabras de un niño. Si su cine siempre ha basculado entre la epifanía católica -recordemos el milagro de la curación de la vaca en El árbol de los zuecos (L 'albero degli zoccoli, 1978)-y la ontología humanística, en CIEN CLAVOS se vuelve existencialista, convirtiendo la moral en algo imperativo, casi revolucionario.
Por eso, más que a Rossellini (o al primer Visconti), la última película de Ermanno Olmi retrotrae al Pasolini de finales de los sesenta -el de Teorema (1968), Porcile (1969) y Medea (1969)-, aquél que premiaba la dislocación de la imagen y la palabra, el que construía su obra con fonemas y sintagmas en vez de con planos y líneas de diálogo. CIEN CLAVOS requiere por ello un protagonista anacrónico, un antihéroe que, en clave de fuga, decide borrar su pasado y su futuro para así poder encontrarse así mismo.
Las concomitancias con Jesucristo no son baladíes: se instala una necesidad de revolución íntima, de devoción por el gesto por encima de la palabra, una huida hacia adentro en busca de poder saborear lo que nos convierte en seres humanos merced a la gracia divina. Para el Olmi del siglo XXI la religión es tierra de fariseos, la iglesia una cárcel politeísta entregada a la adoración de la tradición milenaria. En el fragor del caos contemporáneo el joven profesor decide declararse en estado de rebeldía, por ello comete un crimen propio de un genio: atraviesa con cien clavos los cien libros poseedores de “toda la sabiduría de la humanidad”.
Su ingenuidad es hiriente. En su exilio hacia la pureza acaba encontrándose con un territorio en progresiva desaparición. No se puede hacer nada contra la globalización, tanto industrial como mental, la tradición está condenada a desaparecer o, peor, a perpetuar los aspectos más rancios del colectivo social y cultural. Olmi retrata a la comunidad que acoge al nuevo profeta con toda la empatía que puede ofrecer un enfoque naturalista. Una mirada pausada que decide centrarse en el espectáculo íntimo por encima del gran discurso global. El protagonista/terrorista/profeta practica la humildad frente al gran aparataje corporativo, es consciente de la imposibilidad de una revolución colectiva, así que se contenta con el gesto minúsculo, encuentra la belleza a través de la sencillez. Aquí lo que vale es el contacto a dos, la palabra dada a quien quiere (necesita) escucharla.
Malditos libros. Malditos años dedicados a estudiar. Malditos profesores dogmáticos y deshumanizados. La crisis existencial requiere una vía de escape inmediata. Romper con el pasado, con lo aprehendido, con lo escuchado y hablado, romper con todo. La verdad aflora mientras el relato fluye: “todos los libros del mundo no valen lo que el calor de una caricia”. Olmi escupe a la intelectualidad, a la adoración ciega de las artes, todo eso no es comparable “a tomarse un café con un buen amigo”.
Está claro, el mensaje será todo lo naif que se quiera, pero es lo que ocurre con las verdades como puños, que a veces se nos atragantan, nos cortan la respiración. Olmi cuestiona el mecanismo que rige el comportamiento social y cultural, reniega de la figura didáctica e impone en primer término lo genuino de la inocencia del analfabeto. No peca de contradictorio, no existe ningún tipo de subtexto o poso intelectual del que parta el discurso, de ahí lo incómodo de la propuesta. Esta es una película tan abierta a las ideas como al público. Pues Olmi ofrece su palabra incluso a los que no saben ni quieren escuchar.
CIEN CLAVOS nos recuerda a todos lo equivocados que estamos. Siempre dándole vueltas a las mismas cosas, discutiendo ferozmente por cuestiones que, en el fondo, sólo importan a unos pocos. Hay quien se pasa la vida engullido por la maquinaria social y hay quien se la pasa cuestionando continuamente lo que hacen los demás. Guerras de guerrilla de las que no se entera la mayor parte de la población. El resultado es el mismo, tanto para el sector intelectual como para el que decide vivir sin complicaciones rindiéndose a la evolución natural: el hecho es que pasamos la vida estudiando, trabajando, relacionándonos dentro de los parámetros impuestos, cumpliendo puntualmente las prácticas sociales, cediendo ante la realidad orgánica ... total, que se nos olvida lo primordial, algo tan sencillo y accesible para todos como es el hecho de vivir, de que el corazón late.
Sé que resulto tan ingenuo como Olmi. Que tengo a Perogrullo de mi lado (y eso que siempre intento citar a Foucault pero nunca lo consigo). Que este texto igual sólo le gusta al que lo escribe. Y es que CIEN CLAVOS también reivindica la individualidad, el derecho a ser y estar. Olmi es consciente de que ésta es una batalla perdida, pero no por ello hay que rendirse. Lo he dicho antes, vivimos en una época en que el arte difícilmente va a cambiar el mundo. No va a haber más Dylan, Warhol, Arbus, Coltrane o Wolf; ahora los cambios son meramente tecnológicos, una práctica pornográfica de la segunda ley de la termodinámica -aquélla que dice que una variación entrópica, en un sistema aislado, no puede ser nunca negativa-.
(Quién sabe, quizá por todo esto aquí dicho exista ahora mismo una proliferación exorbitada del documental/retrato de poblaciones en descomposición. Sólo hace falta un viaje a los pueblos castellanos (leoneses o manchegos) para descubrir lo poco que queda de ellos.)
CIEN CLAVOS es, entonces, algo más que una película. No dejemos que Olmi nos engañe. Da igual que arranque en formato de thriller, desarrolle su cuerpo con modernidad sesentera y se cierre apegado a la ilógica, tan lógica, del fantástico. Da lo mismo que cuente en la música con uno de los trompetistas más brillantes del panorama actual: Paolo Fresu. Y, definitivamente, es absurdo tener en consideración el poco caso que se le hizo durante su paso por el último festival de Cannes –el realizador anunció allí que ésta sería su última película en el campo de la ficción, dedicándose a partir de ahora, únicamente al documental-. El último Olmi supera la puesta en escena para elevarse como una revolución en todos los niveles, un desafío ético y estético a las convenciones sociales e intelectuales del mundo contemporáneo.
Así que no me queda más que adherirme a su discurso y, mientras pido perdón por esta larga digresión, me declaro en estado de rebeldía total.
Alejandro G. Calvo, “Revolución: Cien Clavos”, Dirigido, Febrero 2008.