Palma de Oro, Premio de la Crítica y Premio del Sistema Nacional Educativo Francés en el Festival de Cannes
Candidata al Globo de Oro a la mejor película extranjera
Premio de la Crítica en el Festival de San Sebastián
La larga lista de premios que precede los títulos de crédito de 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS, particularmente, no me impresiona; por el contrario, me suele poner en guardia, dado mi natural escepticismo hacia todo aquello que viene precedido de prestigio, puesto que no me gusta crearme expectativas (en muchas ocasiones, falsas) en función de opiniones ajenas (que, por descontado, respeto) o del oropel de los trofeos que se reparten por aquí y por allá (y que, con sinceridad, no me parecen otra cosa que chatarra), y prefiero esperar a ver ese “prestigio” en cuestión y opinar libremente por mí mismo. Por suerte, 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS es un film que está por encima de la media del “cine de festival” y, sin ser tampoco esa obra maestra absoluta que se está pregonando o se pregonará estos días, ese título revolucionario que cambiará para siempre la faz del cine europeo ni nada por el estilo (¡con qué facilidad se excita todo el mundo hoy en día!), la verdad es que tiene la suficiente calidad como para que el espectador con inquietudes vaya a verla sin miedo a salir decepcionado.
El lanzamiento publicitario de la película puede llamar un tanto a engaño antes de haberla visto, dado que, si bien los cuatro meses, tres semanas y dos días a los que hace referencia su título se refieren al embarazo de Gabita (Laura Vasiliu), una de sus protagonistas, este segundo largometraje como director del guionista y realizador rumano Cristian Mungiu1 no me parece un film sobre el aborto, sino que este último se me antoja, por lo que se desprende de la puesta en escena de la película, un mero pretexto para explicar, sotto vocee, otras cosas. En este sentido, 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS no me parece una película “de tema” (o, peor aún, “de tesis”), sino un film lleno de buen cine. De ahí que, más allá de sus vericuetos temáticos y/o de guión; del drama de Otilia (Anamaria Marinca) y Gabita, dos estudiantes universitarias de poco más de veinte años que, en la Rumanía de 1987, se ven inmersas a lo largo de una jornada inolvidable en el amargo trance de conseguir que la segunda de las mencionadas aborte un hijo no deseado (y corriendo ambas el riesgo de ir a la cárcel por ello: la interrupción voluntaria de la gestación de un feto de menos de tres meses se penaba en ese país como delito de aborto, y de un feto de más cuatro meses, como asesinato), la película de Cristian Mungiu propone, de paso, un agudo retrato de una sociedad, de unos personajes, de unas situaciones, que acaban erigiéndose, a través de medios estrictamente cinematográficos, en el auténtico tema del film. Por mucho que resulte aterradora la situación de las protagonistas, su trato clandestino con el abortista que responde al nombre de Sr. Bebé (Vlad Ivanov), el acuerdo sexual vejatorio al que ambas se someten por parte de este último, el riesgo de que Gabita pueda sufrir una hemorragia y desangrarse, el miedo constante a ser descubiertas, denunciadas y encarceladas, lo realmente inquietante es lo que, con esa excusa dramática, explica tan admirablemente la película en relación al entorno de los personajes: la sensación de precariedad del internado para estudiantes donde Otilia y Gabita viven, y donde sólo se puede conseguir jabón, tabaco o dulces de estraperlo; el gesto de Otilia de prestarle su reloj a su novio Adi (Alex Potocean) antes de un examen, porque él no tiene; la rigidez de los recepcionistas de hotel; la frialdad de las calles; la austeridad de los interiores ...
Es mérito del realizador (aún con el apoyo inestimable de sus excelentes intérpretes) el saber mostrar todo eso de un modo a la vez sencillo y elaborado, directo y minucioso al mismo tiempo, por mediación de planos de larga duración, planos-secuencia en algunos casos, alternando en función de las necesidades dramáticas de cada escena el plano fijo con el plano en cámara móvil. De ahí surgen momentos espléndidos, como el primer segmento en el internado, en el que cada encuadre aporta algo a la narración y sin apenas planos de transición; las logradas escenas de las jóvenes y el Sr. Bebé en la habitación de hotel que han alquilado para llevar a cabo sus planes; el extraordinario plano de la cena de Otilia con los padres y familiares de su novio, a la que acude tras haber accedido al trato carnal con el Sr. Bebé y una vez consumado el aborto de Gabita, en un encuadre que conjuga a la vez el drama particular de la joven (incómoda, ausente, dolida) y la descripción general de quienes la rodean; la tenebrosa secuencia callejera que describe cómo se deshace Otilia del feto abortado, planificada como una verdadera pesadilla nocturna.
4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS no es, a pesar de ello, un film perfecto (o, como mínimo, no tanto como se ha alardeado): hay en él algunos defectos de guión (la navaja en el maletín del Sr. Bebé de la que Otilia se apodera, o que el Sr. Bebé se descuide su carné de identidad en la recepción del hotel, detalles que luego carecen del menor peso específico en el conjunto del relato); y un plano final, en teoría magnífico, en el cual vemos a Otilia y Gabita cenando en el restaurante del hotel: de repente, la primera se vuelve hacia la cámara, la imagen funde a negro y la película termina aquí, con esa mirada de advertencia hacia el espectador que pretende, quizá, interrogarle: “concienciarle”. Un pegote absolutamente innecesario, cuando todo lo que hemos visto con anterioridad ya resulta de por sí lo suficientemente elocuente, pero que no estropea las virtudes de este film, interesante -insisto- a pesar de su “tema” y de sus premios.
Tomás Fernández Valentí, “Vivir (y abortar) en Rumanía: 4 Meses, 3 Semanas, 2 Días”, Dirigido, Febrero 2008.