El quimérico inquilino

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El quimérico inquilino

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Lugar y fecha de proyección

  • Fecha: viernes 30 de enero de 2009
  • Hora: 18.30 h.
  • Lugar: Aula Magna de la Facultad de Ciencias

Música de sala

  • El cuchillo en el agua (Noz w wodzie, 1962) de Roman Polanski
  • Banda sonora original de Krzysztof Komeda y Bert Rosengrend

El quimérico inquilino

  • Año: 1976
  • País: Francia - EE.UU
  • Duración: 124 min.
  • Título Original: Le locataire / The tenant.
  • Director: Roman Polanski.
  • Argumento: La novela homónima de Roland Topor.
  • Guión: Gerard Brach & Roman Polanski.
  • Fotografía: Sven Nykvist (Eastmancolor).
  • Montaje: Françoise Bonnot.
  • Música: Philippe Sarde.
  • Productor: Andrew Braunsberg.
  • Producción: Marianne Productions para Paramount.
  • Intérpretes: Roman Polanski (Trelkovsky), Isabelle Adjani (Stella), Melvyn Douglas (Sr. Zy), Shelley Winters (La portera), Jo Van Fleet (Sra. Dioz), Bernard Fresson (Scope), Lila Kedrova (Sra. Gaderian), Rufus (Badar), Claude Dauphin (El hombre del coche), Roman Bouteille (Simon).
  • v.o.s.e.

Candidata a la Palma de Oro del Festival de Cannes

Cuando en 1964 el dibujante, ilustrador, dramaturgo y novelista Roland Topor (1938-­1997) publicó su primera novela, “El quimérico inquilino”1, ignoraba que había escrito el me­jor guión que, a lo largo de su dilatada y abrupta carrera, jamás caería en manos del cineasta Ro­man Polanski. La escrupulosa fidelidad con que el director de El baile de los vampiros (The Fear­less Vampire Killers, 1967) adapta al cine el tex­to del autor de “La cocina caníbal” (1970), nos obliga a replantearnos, con detenimiento, y en otros términos a los comúnmente establecidos, la siempre comprometida relación entre el cine y la literatura. Entre otras cosas, porque Polanski no es un mero ilustrador de la novela: su film tie­ne vida propia, texturas y vibraciones puramen­te cinematográficas, afines a las obsesiones creativas de Polanski, apenas insinuadas por la letra impresa. Pese a todo, no puede decirse que la obra de Topor permanezca oculta, tapada, por la puesta en escena de la película: el crescendo dramático de la narración a la hora de subvertir el orden establecido, de quebrantar los hipotéti­cos límites de lo moral y físicamente tolerable esbozando, a veces, una desconcertada sonri­sa, otras, un rictus de gélido horror, es patrimo­nio de Topor.

No obstante, al igual que sucede entre Trel­kovsky -el nuevo y apocado inquilino del apartamento de la Rue Pyrénées- y Simone Choule -la anterior y difunta arrendataria-, entre Roland Topor y Roman Polanski existe una curiosa sim­biosis artística y personal. Ambos comparten nacionalidad francesa aunque son judíos pola­cos; ambos han vivido, desde ópticas diferentes pero simétricas, los horrores de la guerra y del nazismo -uno desde la Francia ocupada; el otro, desde su Polonia natal, convertida en un letal e inmenso ghetto ... -; ambos ostentan un ácido sentido del humor negro, un retorcido placer por lo surreal incrustado en un marco realista y, en definitiva, una visión siniestra del mundo y del ser humano. Parafraseando al “loco” Fernando Arrabal2, tanto Topor como Polanski no invitan al espectador o al lector a sumergirse en el deli­rio; al contrario: lo someten desde el principio a su arte delirante, fiel al razonable desenfreno de los sentidos, a la turbación de las emociones. El deseo y el instinto, la voluntad y el arte, inventan y descubren un mundo nuevo, distinto, que nos sorprende por su proximidad y por su secretis­mo, por su misterio. Ambos nos revelan, pues, que el misterio más concreto existente en el uni­verso es el hombre mismo.

En cierta ocasión, el filósofo y psiquiatra ale­mán Karl Jaspers (1883-1969) escribió que los grandes dramaturgos de la antigüedad vertían en sus obras un saber trágico capaz no solamente de emocionar a sus espectadores, sino de trans­formarlos. Pero, rápidamente, estos forjadores del ethos cambiaron su saber trágico por una ex­periencia estética libre de aristas, o mejor dicho, desestimaron la superioridad de la praxis sobre la lógica. En este sentido, EL QUIMÉRICO INQUILINO es una obra rigurosa, que conjuga la cualidad forma­tiva y filosófica de los clásicos. La belleza salvaje, ponzoñosa, etérea, del film; su belleza medusea en suma -cf. esos acrobáticos y abismales movimientos de cámara por el laberíntico patio inte­rior; la fascinante y viciada combinación entre la música alucinógena de Philippe Sarde y la foto­grafía de colores sucios y agresivos de Sven Nykvist-, toma notorio relieve precisamente en aque­llas cosas que parecen contradecirla: lo horrendo, cuanto más triste y doloroso, más se paladea, más se disfruta. De este modo, EL QUIMÉRICO IN­QUILINO arranca con considerable virulencia las caretas impuestas por una sociedad cobarde e hipócrita, y las sustituye por una moral de los ins­tintos y las pesadillas. De ahí que, aún siendo una de las películas más interesantes rodadas por Ro­man Polanski -si no la mejor-, todavía no haya en­contrado sus exegetas críticos. Y es que desde la propia experiencia trágica de Polanski, EL QUIMÉ­RICO INQUILINO nos habla de la soledad de un indivi­duo como Trelkovsky -tímido, cordial, quizás de­masiado cordial ... , y no por casualidad, encarna­do por el propio realizador-, enfrentado a la so­ciedad establecida, burguesa, amiga de policías y jueces, compuesta por moralistas, conspirado­res y bellacos, monstruos de anodina apariencia decididos a eliminar a todo aquel que no acate sus normas, que no se doble a sus exigencias. La paranoia, en este caso colectiva, acaba torciendo a un tipo tan volátil, desde el punto de vista exis­tencial, como Trelkovsky. Su conciencia no es clara ni coherente, y sus sentimientos, proyecta­dos hacia el exterior, se refractan destemplada­mente al entrar en un mundo de diferente natura­leza y enfermizo equilibrio. Y al volver a él seme­jantes sentimientos, reflejados en las decenas de almas viles y corrompidas que le rodean, aumen­tan su confusión y su desvarío.

A partir de este instante, el ethos de la tragedia clásica se solapa con la “oscuridad” del arte mo­derno: la tormentosa presencia del subconscien­te y del inconsciente, mundos oscuros por excelencia; los personajes no son referidos, sino que actúan en nuestra presencia, incluso en off visual -como Simone Schoule (Dominique Poulange), te­rrorífica sombra, invisible, intangible, pero siem­pre corpórea, física-, descubriéndose mediante palabras y actos que, curiosamente, los tornan opacos, ambiguos -la repulsiva Mdme. Dioz (Jo Van Fleet), quien intenta forzar a Trelkovsky para que firme una petición de expulsión de una vecina a la que ni siquiera conoce-; la imagen vale tanto más cuanto más absurda, inquietante, es -cf. una espectral Simone Schoule deshaciéndose, con siniestro ademán, de sus vendajes, en el interior del angustioso retrete decorado con jeroglíficos egip­cios y donde, cada noche, Trelkovsky ve aparecer a enigmáticos, espectrales hombres y mujeres, quietos, rígidos como figuras de cera-; el espec­tador debe reconstruir, en su interior, la parte de la historia que, como ocurre en EL QUIMÉRICO INQUILI­NO, afecta al conflicto entre el cuerpo y el espíritu, entre el Bien y el Mal, entre el ciudadano común y el hombre endemoniado.

El tremendo impacto estético y emocional que EL QUIMÉRICO IN­QUILINO provoca en el espectador guarda estrecha relación con el perverso uso que Polanski hace de los símbolos. Sin subrayados, sin vulgaridades, sin trucos de du­doso gusto, con una naturalidad y una contundencia apabullantes. El símbolo es el fundamento de todo cuanto es; es la idea en su sentido originario, el arquetipo o forma primigenia capaz de vincu­lar el Existir con el Ser, de romper con la tiranía de la Razón lleván­donos a un plano puramente sen­sitivo.

Así pues, aunque gran parte del público verá EL QUIMÉRICO INQUILINO sin posibilidad de explicar las ideas-fuerza de cada uno de sus símbolos, no por ello es inconmovible a su poder de sugerencia. Bien lo sabe Polanski cuan­do cimienta las secuencias más terribles y poéticas de su película en torno a símbolos muy preci­sos, formando de esta manera una densa maraña de sobrecogedoras significaciones. Símbolos a través de los cuales Trelkovsky intenta dominar y descifrar un destino que se le escapa entre las tenebrosas sombras de su apartamento. Por ejemplo, en EL QUIMÉRICO INQUILINO hay muchos agujeros, rendijas y aberturas: es el ca­mino hacia el Otro Lado, el más allá con respecto a lo aparente ... Cualquier boquete, cualquier ori­ficio, supone pasar a otro plano dimensional; es la revelación de Otro mundo. La boca de Simone Choule en el hospital, abierta súbitamente para dejar escapar un escalofriante grito, se convier­te, gracias a un violento zoom, en las fauces de un profundo abismo, agosto y bamboleante, donde Trelkovsky se verá atrapado y destruido; la hen­didura en cuyo interior se esconde un diente de Simone Choule -recordemos la dentadura mella­da de la mujer, inmóvil en la cama del hospital, vendada completamente como una momia, ex­cepto el ojo izquierdo y la boca-; la techumbre de cristal situada bajo el balcón de Trelkovsky, rota en forma circular -¿como una boca que grita?-, señalando el lugar en que Simone cayó al inten­tar suicidarse precipitándose al vacío ... Las despedazadas ventanas del salón, cegadas parcial­mente por Trelkovsky mediante un pesado armario, ventanas por donde intentan penetrar los de­sagradables moradores del inmueble para atrapar a su desquiciado vecino, o la puerta entreabierta que rápidamente es sellada con cerrojos y pasadores ... Son símbolos que se hallan unidos a otros cuyo sentido no es menos perturbador: la boca, espacio por donde pasa la palabra y el ali­mento, es también el lugar por el que se exhala el último aliento, por donde se aleja el alma e, igual­mente, es la figura clásica de la entrada al infier­no; perder un diente conlleva ser desposeído de la fuerza, de la defensa, es caer en la frustración, en la quiebra de la psique; el cristal roto es la pér­dida de la lucidez, del cliché astral donde el alma renace de existencia en existencia a través del tiempo, en una espiral sin fin, como el hueco de la escalera que conduce al fatídico apartamento ... ¿Es por ello que Trelkovsky acaba viéndose a sí mismo en el hospital como visitante de Simone Schoule, junto a Stella? El desventurado inquilino, abatido en la cama del lóbrego hospital y ven­dado igual que Simone, antes de gritar gira lenta­mente el único globo ocular que le queda y mira ... El ojo, convertido en una nueva y pavorosa oque­dad -a causa de los párpados amoratados y de los vendajes-, es el órgano del conocimiento so­brenatural, el abismo que empuja a Trelkovsky y a nosotros mismos a comprender la espantosa esencia órfica de EL QUIMÉRICO INQUILINO.

Texto:
Antonio José Navarro, Dirigido, Octubre 2005.