¿Qué fue de Baby Jane?

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¿Qué fue de Baby Jane?

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Lugar y fecha de proyección

  • Fecha: miércoles 28 de enero de 2009
  • Hora: 21.30 h.
  • Lugar: Aula Magna de la Facultad de Ciencias

Música de sala

  • Alerta misiles (Twilight’s last gleaming, 1976) de Robert Aldrich
  • Banda sonora original de Jerry Goldsmith

¿Qué fue de Baby Jane?

  • Año: 1962
  • País: EE.UU
  • Duración: 132 min.
  • Título Original: What ever happened to Baby Jane?
  • Director: Robert Aldrich.
  • Argumento: La novela homónima de Henry Farrell.
  • Guión: Lukas Heller.
  • Fotografía: Ernest Haller (B/N).
  • Montaje: Michael Luciano.
  • Música: Frank DeVol.
  • Productor: Robert Aldrich.
  • Producción: Associates & Aldrich Production / Seven Arts para Warner.
  • Intérpretes: Bette Davis (Baby Jane Hudson), Joan Crawford (Blanche Hudson), Victor Buono (Edwin Flag), Wesley Ady (Marty McDonald), Marjorie Bennett (Dehlia Flagg), Anna Lee (señora Bates), Robert Freed (Ben Golden), Maidie Norman (Elvira).
  • v.o.s.e.

1 Oscar:
Vestuario para film en blanco y negro (Norma Koch)
4 Candidaturas:
Actriz principal (Bette Davis), Actor de reparto (Victor Buono),
Fotografía en blanco y negro, Sonido
Candidata a la Palma de Oro del Festival de Cannes

La presentación de ¿QUÉ FUE DE BABY JANE? en el Festival de Cannes de 1963 supuso el fin del idilio que hasta entonces había mantenido Robert Aldrich con la crítica francesa, la única que podía presumir de haberse interesado por películas como Apache, Veracruz, El beso mortal, El gran cuchillo o ¡Ataque!, reducidas por la crítica americana a la insignificante catego­ría de meros pasatiempos de género. También Truffaut y Chabrol incluían a Aldrich en la lista de directores a reivindicar frente a la generalizada ceguera de sus cole­gas americanos, y si la admiración llegó a enfriarse con títulos como A diez segundos del infierno o Traición en Atenas, cuyas debilidades se disfrazaron con la disculpa de las penosas circunstancias del exilio europeo del director, la puesta en cuestión de ¿QUÉ FUE DE BABY JANE?, no precisamente por parte de las taqui­llas, casi logró borrar aquellas viejas esperan­zas, con esporádicas excepciones como La banda de los Grissom o La venganza de Ulzana.



En la década de los cincuenta, Aldrich había llamado la atención por la insolente agresividad de sus protagonistas a la hora de rebelarse en solitario contra una jerarquía social, una estructura de poder que los supera y amenaza con destruirlos, unos personajes cuya vigorosa anarquía concordaba en definitiva con la heterodoxia de un cineasta que delataba, en sus deliberadas imperfecciones, su radical opción por la libertad de rodar, por las ganas de hacer cine sin sujetarse a esas normas que reprimían a sus personajes, lo que terminó traduciéndose en una visceral vitalidad a menudo confundida con la brutalidad, la vul­garidad, el sadismo, la fealdad y el mal gusto tal vez por su terco empeño en no descartar el lado oculto, malsano y enfermizo de las his­torias que trasegaba entre planos barrocos y desmesurados hasta el paroxismo, siempre abiertos a una eficaz inventiva de recursos más allá de cualquier regla, al margen de aca­démicas represiones, jugando a su antojo con el encuadre, la escala de planos y la inspira­ción de sus actores, con el montaje convulso y sincopado que mejor convenía a sus persona­jes, atacados por los nervios hasta el estallido de histeria y muy poco dispuestos, por tanto, a amoldarse a las rigideces de un plano en consonancia con las normas de la clásica teo­ría del cine.

Siguiendo, en fin, el consejo de la frase publicitaria de A diez segundos del infierno que Godard integra en Al final de la escapada (A bout de souffle, 1959): “Vivir peligrosa­mente hasta el fin”.

Su enfrentamiento con Harry Cohn, el doméstico magnate de la Columbia, supuso un corto exilio en Europa, donde dirigió en 1959 A diez segundos del infierno y Traición en Atenas, además del peplum Sodoma y Gomorra. Tres películas de las que insistió en declarar que eran las que menos le gustaban de su filmografía, y tras las que regresó definitivamente a Estados Unidos para rodar para la Warner ¿QUÉ FUE DE BABY JANE?, cuyo extraordinario éxito comercial volvió a impulsar, no sólo su carrera, sino también la de su protagonista, Bette Davis y, en menor medida, la de Joan Crawford.

Pero la consideración de un cineasta marcado por unas primeras películas en sinto­nía con los temas recurrentes de su genera­ción, protagonizadas por individuos desborda­dos por la violencia institucionalizada en su país, sin otra opción que la de oponerse con esas mismas armas para sobrevivir, y muy influidas por la estética barroca de otro enfant terrible como es Orson Welles, con su compartido interés por agotar las posibilida­des expresivas de la planificación, el montaje, el ritmo y la iluminación, terminaron diluyén­dose en reproches hacia lo que primero se entiendió como un grandilocuente estilo pro­pio y como una fácil fórmula después, caso de la calculada aparatosidad de ¿QUÉ FUE DE BABY JANE?, cuyo retorcido manierismo pasó ya a encuadrarse en la peyorativa etiqueta de “gran guiñol”, que no ha dejado de perse­guirlo desde entonces.

En sus difíciles relaciones con Hollywood, Aldrich mantuvo una ambigua actitud de amor y odio francamente intrigan­te. Salvo sus tres excepciones europeas, toda su carrera se desarrolló dentro de los esquemas de los estu­dios americanos y de los géneros puestos por ellos en circulación. Lo que no quiere decir que sus películas bélicas o policíacas, sus histo­rias del Oeste o ambientadas en el mundo del deporte, ni sus melodramas tan aparatosos, respondieran a los convencionales esquemas de Hollywood sobre los géneros en cuestión. Así un supuesto melodrama como ¿QUÉ FUE DE BABY JANE? rechaza hasta tal punto las etiquetas de géneros que hubo que inventarle uno nuevo, como una suerte de inauguración de un tipo de historias que harí­an fortuna y que el propio Aldrich repetiría como director en Canción de cuna para un cadáver y como productor en ¿Qué fue de tía Alice?, con ancianas protagonistas entregadas a criminales perversiones en lo que se ha dado en llamar el género de “horror geronto­lógico”: un comodín que participa del melo­drama psicológico, del policíaco terrorífico, incluso de la comedia macabra, con un tipo de personajes y ambientes muy estrafalarios y característicos, encuadrables en la reductora expresión de “gran guiñol” con que las des­pachó la crítica, mientras se preguntaba cómo era posible que el autor de El beso mortal se complaciese en excesos tan enfermizos.

Con ¿QUÉ FUE DE BABY JANE? y Canción de cuna para un cadáver mantuvo su ecléctica costumbre de mezclar y alternar toda clase de arbitrarias etiquetas, tanto desde el punto de vista de una filmografía que se alimenta de todos los géneros como en el caso concreto de cada película, que evidencia su voluntad de burlar los códigos en vigor, de traspasar sus límites y de ir en contra de sus convencio­nes, en la representación de sus intransferi­bles mundos agónicos y antagónicos. Su desa­fío a las normas clásicas del cine de géneros no responde, sin embargo, a ninguna preme­ditada voluntad de rebeldía, sino más bien a su personal sentido del espectáculo, palabra clave que termina por unificar la heterogénea apariencia de su filmografía, más allá de eta­pas, exilios, modas y géneros.

De entrada sor­prende su inequívoco gusto por la acción, entendido en su físico sentido etimológico, hasta el punto de traducir los rasgos psicoló­gicos de sus personajes, sus motivaciones y conflictos, en imágenes de puro enfrenta­miento corporal: véanse las extenuantes compe­ticiones de fuerza, dominio y crueldad a las que se entregan como titanes de premeditada guardarropía Bette Davis y Joan Crawford en ¿QUÉ FUE DE BABY JANE?, Bette Davis y Olivia de Havilland en Canción de cuna para un cadáver o Ernest Borgnine y Lee Marvin en El emperador del Norte. Sus películas se concentran en la plas­mación visual de esos antagonismos, en la espectacular representación de esos enfrenta­mientos, literalmente en una puesta en esce­na que encuentra en los espacios claustrofóbicos su medio ideal –cf. las contundentes mansio­nes con vida propia de ¿QUÉ FUE DE BABY JANE? y Canción de cuna para un cadáver-. Escenarios que puede que expliquen la frecuencia con que se habla, a propósito de Aldrich, de teatralidad, no por oposición a la mirada cinematográfica, sino como conse­cuencia de su visceral rechazo del realismo, así como de la frecuente figura del propio direc­tor de la representación incluido en la pelícu­la, de personajes autoritarios –cf. la sádica influencia que ejerce el personaje de Bette Davis sobre el de Joan Crawford-. Incluso no es difícil encontrar en cada película ejemplos de pequeñas representaciones incorporadas al propio argumento: las que, en ¿QUÉ FUE DE BABY JANE?, corresponden al personaje de Bette Davis en el pasado y en el presente, o la conseguida suplantación de su hermana que improvisa por teléfono para asegurarse el necesario pedido de whisky, otro elemento indispensable en las películas de Aldrich.

El menosprecio de sus películas de los años sesenta y setenta terminó incluso por sobrevalorar sus títulos de los años cincuenta, a los que siempre se aludía con nostalgia a la hora de recibir con frialdad sus estrenos, subrayando así ese “antes y después” marcado por la frontera de sus años europeos y negán­dole la posibilidad de un presente indepen­diente de aquel pasado que parecía irrecuperable.

Lo sorprendente es que su relación con la crítica parece reproducir la misma historia que se repite en tantas de sus películas, en las que el peso de un pasado traumático condi­ciona un presente que no puede entenderse sin él. Los ejemplos más evidentes son, desde luego, ¿QUÉ FUE DE BABY JANE? y Canción de cuna para un cadáver -basadas ambas en novelas de Henry Farrell-, cuyas secuencias previas a los títulos de crédito resumen -­antes de que la película comience en un pre­sente que, en el caso de la que nos ocupa viene encabezado por el paradójico rótulo de “Ayer”- ese hecho del pasado que desencadenará y condicionará el desarrollo de la historia: los brillantes inicios de Baby Jane como célebre niña prodigio en 1917, su posterior decadencia eclipsada por el triunfo de su hermana Blanche en el cine y el fatal acciden­te en 1935 que postró para siempre a su hermana en una silla de ruedas. Veintisiete años después, Aldrich puede ya comenzar a contar su historia, la horrible historia de la progresiva y peligrosa demencia de una Jane alcoholizada, sádica y asesina, en la que reconoceremos, no con nos­talgia sino con espanto, más de un testigo de aquel pasado rutilante: aquellas muñecas, otra imagen muy del gusto de Aldrich, que reproducían para sus admiradores los encan­tos de la famosa repipi, ahora no sólo conser­vadas como valiosas reliquias por Jane en su casa-museo, sino patéticamente reproducidas en su propia figura de anciana anacrónica y monstruosa, disfrazada de loca atroz entre encajes, lacitos, tirabuzones y maquillajes de niña vieja. O la canción “I'm writing a letter to Daddy” que la identificaba como estrella infantil y que todavía la persigue como leit motiv de sus actuales delirios y alucinaciones.

Texto:
Manuel Cuervo, “Peligrosamente hasta el fin”, en AA.VV, La mirada oblicua. El cine de Robert Aldrich, Filmoteca de Valencia, 1996