Las películas de rock, en su variedad de films-concierto, constituyeron una especie de género fantasma, estudiado en su momento por Wim Wenders en uno de sus textos recopilados en el volumen “Emotion Pictures”, titulado precisamente “Un género que no existe”. Desde los años sesenta y, más o menos hasta la mitad de los ochenta, proliferaron este tipo de films basculando entre el ego trip del grupo en cuestión (Led Zeppelin y su The Song Remains the Same, por ejemplo) y una cierta estilización y aprovechamiento de las posibilidades cinematográficas (El último vals, de Martin Scorsese, y Stop Making Sense, de Jonathan Demme, son de las mejores muestras), pasando por supuesto por la idea más sencilla de establecer la crónica de un evento importante, caso de Woodstock, homérico documental sobre el festival de rock por antonomasia en el que, precisamente, Scorsese trabajó en calidad de supervisor del montaje. Hoy, como práctica cinematográfica, está casi en desuso, aunque se siguen realizando grabaciones de conciertos para la MTV o para ser publicadas directamente en DVD. Hasta que llega una banda de peso como The Rolling Stones y monta su show intentado conciliar los dos intereses, el del lucimiento particular y el de la apuesta cinematográfica; de ahí la elección de Scorsese como realizador.
La idea de SHINE A LIGHT surge de Mick Jagger, que primero piensa en documentar la gira mundial del último disco del grupo, “A Bigger Bang”, y después prefiere concentrarse en la filmación de un macro concierto programado en la playa de Río de Janeiro. Fue Scorsese, escogido también por Jagger, quien ante la imposibilidad material de filmar una actuación de estas características propuso una reconversión radical: registrar un concierto de proporciones mucho más pequeñas, casi íntimo comparado con las actuaciones en estadios que acostumbra a ofrecer el grupo británico, con lo que, en cierto modo, el director no hizo otra cosa que volver a su film-concierto de 1978 con The Band, El último vals. Para The Rolling Stones no suponía tampoco un cambio tan brusco. No sé si siguen haciéndolo, pero hubo una época en la que después de alguna de sus multitudinarias actuaciones en el estadio o palacio de los deportes de rigor, los miembros del grupo, o alguno de ellos, daban un concierto por sorpresa en un local infinitamente más pequeño en el que combinaban sus piezas clásicas con estándares de blues y rhythn’n’blues, como si quisieran volver momentáneamente a sus raíces tras la catarsis colectiva y el baño de masas de horas antes. Por eso aceptaron la propuesta de Scorsese: filmar tan sólo dos actuaciones en el pequeño, aunque espacioso, Beacon Theatre de Nueva York, en otoño de 2006. El concepto se sitúa así en el punto medio de todo lo que los Stones han dejado que les filmaran, entre la propuesta innovadora pero incómoda para ellos (los atípicos documentales de Godard, Robert Frank, Peter Whitehead y los hermanos Maysles) y el film-lucimiento (Let's Spend the Night Together, de Hal Ashby).
Como ya ocurriera con El último vals, parece haber desde el primer momento una especie de deuda a saldar por parte de Scorsese, quien siempre ha hablado de los Stones, al igual que ha hablado de The Band o de Bob Dylan (a quién dedicó hace tres años otro excelente documental musical, esta vez esencialmente de montaje, No Direction Home: Bob Dylan), como uno de esos grupos que marcó sus primeros pasos. No en vano ha utilizado sus canciones en al menos cuatro películas, y siempre lo ha hecho con un significado especial, no como simple música de fondo: la convulsa “Jumpin' Jack Flash” en Malas calles, “(I Can't Get No) Satisfaction” y “Sweet Virginia” en Casino y “Gimme Shelter”, la más significante por lo que tiene de crónica del desarraigo, en Uno de los nuestros, Casino e Infiltrados. SHINE A LIGHT, el film-encargo-deuda pues, está meticulosamente preparado, ensayado y filmado, como ya lo estuviera El último vals. La diferencia fundamental es que aquella actuación era la última de un grupo, The Band, conocido sobre todo por sus colaboraciones con Bob Dylan, aunque el film de Scorsese contribuyó no poco a restituir el protagonismo que en la historia del rock le toca a la banda liderada por Robbie Robertson, después responsable de la música de El color del dinero. Por el contrario, la de los Stones es una más, importante porque se sabía la trascendencia cinematográfica que iba a tener, y pertenece a una banda legendaria que, contra todo pronóstico, sigue unida pese al tiempo transcurrido desde sus inicios y los muchos vaivenes, trifulcas, luchas de egos y otras cosas habituales en la mística del rock’n’roll. Huelga decir que casi todo es laudatorio en SHINE A LIGHT: el film es una crónica feliz y entregada, una reunión de amigos (hasta aparece Bill Clinton y Scorsese no duda en ponerse frente a su cámara como ya hiciera en su navideño anuncio para Freixenet).
La película podría definirse como un trabajo esencialmente de enorme pericia técnica, ya que pese a los muchos ensayos realizados, los movimientos de Jagger en el escenario son difíciles de capturar con la nitidez que se le supone a una película de estas características; otra cosa muy distinta es escoger la línea cruda, como hizo Jim Jarmusch al filmar las actuaciones de Neil Young y Crazy Horse en Year of the Horse, un film donde los desenfoques, el grano de la imagen o los problemas de luz constituyen ante todo una elección estética. Y entiendo por pericia técnica tanto el trabajo de iluminación, los movimientos de cámara y la coordinación entre los dieciocho operadores -con el consiguiente y titánico trabajo de montaje al tener tomas de una misma canción, de un mismo gesto, para todos los gustos-, como el ejercido por Scorsese con Jagger, Richards y los demás como si estuviera dirigiendo actores en uno de sus relatos de ficción: la virtud de un cineasta que asume este riesgo consiste en no frenar el ímpetu habitual sobre un escenario y, al mismo tiempo, procurar que el músico sea consciente de las limitaciones que tendrá en esa ocasión al estar enfocado, acosado y perseguido por todo tipo de cámaras, a mano o con Dolly, una mezcla entre improvisación y autocontrol. \\En este sentido, SHINE A LIGHT es una película impecable.
Texto: Quim Casas, “Shine a Light: el film-concierto”, rev. Dirigido, Abril 2008.